Juan Tamariz-Martel Negrón nació en Madrid, el 18 de octubre de 1942. A los cuatro años se empeñó en que sus padres le llevaran al teatro para ver a un mago, y ahí empezó todo.
El gusanillo de la magia estaba instalado en algún eslabón de su cadena genética, porque su tío abuelo, el Marqués D. Luis Negrón, se había ganado en la Andalucía de principios de siglo XX merecida fama como ilusionista. Sus milagros eran tan conocidos como sus correrías bohemias y su afición al juego, con el que consiguió dilapidar las dos fortunas de sus sucesivas y ricas esposas.
Aquel muchacho con cara de despiste que parecía ser capaz de olvidarse en casa los zapatos, dejó a los examinadores petrificados, con la sospecha de que habían descubierto a un mago que llegaría a figurar en los libros de historia. Aquí está la prueba de que acertaron.
En la SEI conoció a compinches como Juan Antón, con el que se unió para el famoso número de "Los mancos", un desternillante espectáculo en el que ambos actuaban con una sola mano, y también su maestro, Arturo de Ascanio.
Tamariz hizo también sus pinitos en artes de la parentela mágica, actuando como payaso, titiritero y, seguramente, concertista de violines que sólo ven sus dioptrías. Así iba sacando para comer, "con los tomates de mi amable público", dice, mientras se hacía popular, sobre todo en las tiendas de bicarbonato, producto que adquiría en grandes cantidades para abrillantar la multitud de trofeos que ganaba en concursos, "cinco jurados, cinco cajas de puros", explica refiriéndose a uno de ellos.
Juan Tamariz estudió hasta el cuarto curso de Física y se preparó para ser director de cine, lo que hubiera conseguido de no ser por unos señores muy serios, muy franquistas y nada mágicos, que le expulsaron junto a otros compañeros peligrosillos. "No veo diferencias entre Robert Redford y yo -dice con cierta nostalgia cinematográfica-. Puede haberla, no sé. Quizás él es más rubito...".
En 1973, como si un meteorito se hubiera desplomado en el país de los magos, Juan Tamariz convulsionó a la profesión en el Congreso Mundial que se celebró en Francia con el "Número de París", que con ese nombre ha pasado a la historia, en el que la lógica se sonroja, los comodines cambian de sitio y viajan a sobres cerrados, unas monedas, como si además de caras tuvieran pies, van apareciendo por las buenas bajo los naipes y también, entre otros muchos embrujamientos y entre mucha risa, Tamariz toca a la armónica una bella cancioncilla. "Lo más grande que yo he visto en magia", escribió Ascanio con un escalofrío en el bolígrafo.
Su fama de mago es tan grande que en una ocasión, estando hospedado en un hotel de Málaga, una camarera le pidió por favor que la acompañara para que mirara a su novio y adivinara si le estaba engañando con otra. |