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Moraito Chico

Para conocer a Moraíto Chico hay que situarse primero en los años cincuenta y sesenta, en Andalucía. Décadas preñadas de artistas que asumían buena parte de su rodaje en los corrales: Terremoto, El Serna o el Borrico, entre otros. Manuel Moreno Junquera (1955) nació en pleno corazón del barrio de Santiago, en la calle Sangre. Un pulmón flamenco jerezano nutrido de patios de vecinos en los que las puertas siempre están abiertas de par en par.

Las penurias y los avatares a los que se enfrentaban los gitanos por aquel entonces eran combatidos, casi a diario, con sentido del humor y, a ser posible, a base de reuniones flamencas. Cualquier excusa era buena para que saltase la llama del cante. Existían en aquellos tiempos dos tipos de cantaores. Estaban los artistas, que se ganaban la vida sobre los tablaos flamencos de la época, recorriendo las ventas o prestando su garganta a las fiestas de los señoritos, en bautizos o veladas privadas. Y, en el mismo orden, figuraban los "aficionados". A éstos, a diferencia de los primeros, no les hacía tanta falta el dinero, pero eran cantaores por derecho propio. Demostraban sus dotes en los tabancos o en los encuentros que les servían para retozarse en lo más jondo. No obstante, ambas categorías iban de la mano en las juergas flamencas nocturnas -muchos gitanos están convencidos de que no podrá saber de flamenco aquel que no se haya emborrachado ochocientas veces con los artistas- o los corrales, donde fluía cante, baile y toque como un torrente que a menudo inundaba las calles de Santiago. En esta corriente se zambulló Moraíto Chico, como tantos otros, prendado por el arte que manipulaban sus mayores a su antojo.

Su familia y la guitarra son una misma cosa. Basta citar a su tío Manuel Morao como ejemplo. Este fue de los primeros tocaores que se atrevió, con sumo acierto, a agregar técnica e inventiva de su propia cosecha a los cuatro acordes que a la sazón se habían convertido en el "abc" de la guitarra durante las décadas anteriores.

Como si se tratase de un juego, Moraíto, recién cumplidos los quince, se apostó a sí mismo que tendría que mejorar la técnica de sus allegados y amigos. Gracias a su timidez y a su talante humilde siempre fue bien recibido por los flamencos, y su guitarra, a pasos agigantados, no tardaría en abrirse un hueco entre las fiestas más punteras. Pronto serían los propios artistas los que se rifasen su peculiar soniquete. Ese que, como él mismo afirma, lleva siempre en los bolsillos. Paco Cepero o Parrilla de Jerez serían, entre otros, las cepas de las que bebería su toque en sus comienzos. Su atención también se desviaría a un tocaor que sacaba especial brillo a su sonanta: Paco de Lucía

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